"Gracias a todos por acompañarnos este año, Dios mediante Apala seguirá trabajando para mantenernos unidos junto a ustedes y seguir fortaleciendo nuestra fe. A través de este video queremos compartir nuestros saludos y los mejores deseo para el año nuevo.”
Prevención de Desastres (防災 ) en caso de Sismo (Jishin 地震) y/o Tsunami (津波)
A LOS 10 AÑOS DEL TERREMOTO DE HIGASHI NIHON
Oración por las víctimas del gran terremoto de Higashi-Nihon - II
A continuación, el mensaje del Papa
Francisco para la Cuaresma de 2021:
“Miren, estamos subiendo a Jerusalén...
(Mt 20,18). Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad”.
Queridos hermanos y hermanas:
Cuando Jesús anuncia a sus discípulos
su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les
revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para
la salvación del mundo.
Recorriendo el camino cuaresmal,
que nos conducirá́ a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que “se
humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”
(Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra
sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el
amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de
Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres
y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el
itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está́ bajo
la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las
decisiones de quien desea seguir a Cristo.
El ayuno, la oración y la limosna,
tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las
condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación
(el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna)
y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe
sincera, una esperanza viva y una caridad operante.
1. La fe nos llama a acoger la
Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.
En este tiempo de Cuaresma, acoger
y vivir la Verdad que se manifestó́ en Cristo significa ante todo dejarse
alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación.
Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes
elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos
comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios
que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta
Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo
Camino -exigente pero abierto a todos- que lleva a la plenitud de la Vida.
El ayuno vivido como experiencia de
privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de
nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su
imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia
de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula”
la riqueza del amor recibido y compartido. Así́ entendido y puesto en práctica,
el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña Santo
Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo
como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).
La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en
nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar
significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación
de informaciones -verdaderas o falsas- y productos de consumo, para abrir las
puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero
“lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.
2. La esperanza como “agua viva”
que nos permite continuar nuestro camino.
La samaritana, a quien Jesús pide
que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría
ofrecerle un “agua viva” (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en
el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él
dará́ en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la
esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la
esperanza, cuando dice: “Y al tercer día resucitará” (Mt 20,19). Jesús nos
habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par.
Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con
nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que
crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón
abierto.
En el actual contexto de preocupación
en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de
esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está
hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios,
que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la
maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación,
a la que san Pablo nos exhorta con pasión: “Les pedimos que se reconcilien con
Dios” (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón
de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores
del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de
vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se
encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y
gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.
En la Cuaresma, estemos más atentos
a “decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan,
que estimulan”, en lugar de “palabras que humillan, que entristecen, que
irritan, que desprecian” (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para
dar esperanza, es suficiente con ser “una persona amable, que deja a un lado
sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa,
para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en
medio de tanta indiferencia” (ibíd., 224).
En el recogimiento y el silencio de
la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina
los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental
recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la
ternura.
Vivir una Cuaresma con esperanza
significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que
Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1- 6). Significa recibir la
esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al
tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una
razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).
3. La caridad, vivida tras las
huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión
más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.
La caridad se alegra de ver que el
otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo,
enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad... La caridad es el
impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo
de la cooperación y de la comunión.
“A partir del ‘amor social’ es
posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos
sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir
un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de
lograr caminos eficaces de desarrollo para todos” (FT, 183).
La caridad es don que da sentido a
nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo
necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que
tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma
en una reserva de vida y de felicidad. Así́ sucedió́ con la harina y el aceite
de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y
con los panes que Jesús bendijo, partió́ y dio a los discípulos para que los
distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así́ sucede con nuestra limosna,
ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.
Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes
se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la
pandemia de COVID- 19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos
la palabra que Dios dirige a su Siervo: “No temas, que te he redimido” (Is
43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el
otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.
“Solo con una mirada cuyo horizonte
esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del
otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad,
respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente
integrados en la sociedad” (FT, 187).
Queridos hermanos y hermanas: Cada
etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir
la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros
bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la
fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y
el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.
Que María, Madre del Salvador, fiel
al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia
solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia
la luz pascual.
Roma, San
Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de San Martín de Tours.
Francisco
A continuación, el mensaje del Papa
Francisco para la Cuaresma de 2021:
“Miren, estamos subiendo a Jerusalén...
(Mt 20,18). Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad”.
Queridos hermanos y hermanas:
Cuando Jesús anuncia a sus discípulos
su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les
revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para
la salvación del mundo.
Recorriendo el camino cuaresmal,
que nos conducirá́ a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que “se
humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”
(Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra
sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el
amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de
Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres
y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el
itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está́ bajo
la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las
decisiones de quien desea seguir a Cristo.
El ayuno, la oración y la limosna,
tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las
condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación
(el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna)
y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe
sincera, una esperanza viva y una caridad operante.
1. La fe nos llama a acoger la
Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.
En este tiempo de Cuaresma, acoger
y vivir la Verdad que se manifestó́ en Cristo significa ante todo dejarse
alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación.
Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes
elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos
comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios
que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta
Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo
Camino -exigente pero abierto a todos- que lleva a la plenitud de la Vida.
El ayuno vivido como experiencia de
privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de
nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su
imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia
de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula”
la riqueza del amor recibido y compartido. Así́ entendido y puesto en práctica,
el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña Santo
Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo
como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).
La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en
nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar
significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación
de informaciones -verdaderas o falsas- y productos de consumo, para abrir las
puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero
“lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.
2. La esperanza como “agua viva”
que nos permite continuar nuestro camino.
La samaritana, a quien Jesús pide
que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría
ofrecerle un “agua viva” (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en
el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él
dará́ en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la
esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la
esperanza, cuando dice: “Y al tercer día resucitará” (Mt 20,19). Jesús nos
habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par.
Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con
nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que
crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón
abierto.
En el actual contexto de preocupación
en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de
esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está
hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios,
que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la
maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación,
a la que san Pablo nos exhorta con pasión: “Les pedimos que se reconcilien con
Dios” (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón
de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores
del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de
vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se
encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y
gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.
En la Cuaresma, estemos más atentos
a “decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan,
que estimulan”, en lugar de “palabras que humillan, que entristecen, que
irritan, que desprecian” (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para
dar esperanza, es suficiente con ser “una persona amable, que deja a un lado
sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa,
para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en
medio de tanta indiferencia” (ibíd., 224).
En el recogimiento y el silencio de
la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina
los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental
recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la
ternura.
Vivir una Cuaresma con esperanza
significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que
Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1- 6). Significa recibir la
esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al
tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una
razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).
3. La caridad, vivida tras las
huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión
más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.
La caridad se alegra de ver que el
otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo,
enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad... La caridad es el
impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo
de la cooperación y de la comunión.
“A partir del ‘amor social’ es
posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos
sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir
un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de
lograr caminos eficaces de desarrollo para todos” (FT, 183).
La caridad es don que da sentido a
nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo
necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que
tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma
en una reserva de vida y de felicidad. Así́ sucedió́ con la harina y el aceite
de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y
con los panes que Jesús bendijo, partió́ y dio a los discípulos para que los
distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así́ sucede con nuestra limosna,
ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.
Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes
se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la
pandemia de COVID- 19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos
la palabra que Dios dirige a su Siervo: “No temas, que te he redimido” (Is
43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el
otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.
“Solo con una mirada cuyo horizonte
esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del
otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad,
respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente
integrados en la sociedad” (FT, 187).
Queridos hermanos y hermanas: Cada
etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir
la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros
bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la
fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y
el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.
Que María, Madre del Salvador, fiel
al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia
solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia
la luz pascual.
Roma, San
Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de San Martín de Tours.
Francisco






